Hadashi no Gen
Hay películas buenas y malas y otras malísimas, eso es un tanto obvio. Hay películas para pasar el rato, para reírse un poco o para llorar también, pero se olvidan al poco tiempo y luego no recuerdas de que iban y porque reíste o lloraste hasta que las vuelves a ver. Hay películas que generan mucha expectativa y las ves incluso sobrecargado con la ilusión de otros que la vieron antes y te la recomendaron, pero que en realidad son un chasco. Hay películas para ver en pareja o entre amigos y otras para ver sólo sin interrupciones. Pero sobretodo hay contadas películas que te impactan de tal manera que se guardan en tu memoria para siempre y te persiguen hasta en sueños y te taladran la mente una y otra vez cada que un simple parecido las trae de regreso, porque para ellas no hay olvido, quizá la intención de alguna de ellas es que no haya olvido.
Tenía diez u once años, difícil precisarlo. En aquella época en mi ciudad no existían salas de cine convencionales como las que existen hoy con los últimos estrenos y tecnología 3D, con películas para todas las edades. Para acercarse a la experiencia del cine había que esperar a que en alguno de los teatros de la ciudad proyectaran una película y eso no ocurría con mucha frecuencia. Ya no recuerdo muchos pormenores. Un festival de cine japonés gratuito dirigido sobretodo a los niños. De Japón a esa edad nada, salvo los anime que pasaban en la tele. Así que seguramente el festival tenía la intención de acercar esa cultura tan distinta y distante a los niños de otras latitudes.
Ya no recuerdo si las películas fueron buenas o regulares. Olvide incluso los títulos de todas, de todas menos una: Gen el Descalzo.
De esa películas animada recuerdo casi todo, como si la pudiera contar de memoria y no la he vuelto a ver en más de veinte años. No se si la vuelva a ver, talvez la debería volver a ver y hacerla ver a mi hijo, porque todos los niños deberían verla; debería ser obligatorio que la vean en todas las escuelas.
La batalla por la supervivencia de Gen y su familia luego de la tragedia de la bomba atómica sobre Hiroshima es lo más sobrecogedor que he visto en un cine. Cada vez que sus crudas imágenes se prenden en mi retina se vuelve a atorar en mi pecho el dolor, el mismo dolor que sentí esa tarde, un dolor vacío como hueco, un tanto inexplicable y difícil de digerir a esa edad, pero es todo lo que quiero tener para acordarme a cada paso que soy humano,demasiado humano como diría Nietzche. A Gen se le muere la mayor parte de su familia como si la hubieran querido borrar de la faz de la tierra; pero mientras casi todo muere o se marchita en la pantalla, algo nace en las personas que la miran, ese algo que se proyecta hacia este horizonte donde todavía parece que no llega su reflejo. Y es que uno esperaría que después de tanto tiempo hubiese servido para algo el drama de Gen, pero pareciera que no, que Gen sigue sin detener la pérdida, la de él y la de todos. Acaso si fuera algo más que un dibujo animado, seguro se despierta y ha sido un sueño, pero Gen no puede dormir ni soñar, solo nos viene a despertar a golpes y en ese despertar es posible otra cosa, aunque fuere solo el silencio, como el silencio del barco de papel que lleva la luz de la esperanza al final de la película.
Pudo haber pasado tanto y seguramente fueron más las probabilidades de que no la viera, pero por suerte decidí entrar en esa sala sin saber que iba encontrar adentro, ahora que lo sé, volvería a entrar una y otra vez; pero eso no fue ni es posible porque como suele pasar con los buenos libros yo no dí con ella, ella dió conmigo y aunque quiera repetir la sensación ahora, por enésima vez no será igual jamás.
Tenía diez u once años, difícil precisarlo. En aquella época en mi ciudad no existían salas de cine convencionales como las que existen hoy con los últimos estrenos y tecnología 3D, con películas para todas las edades. Para acercarse a la experiencia del cine había que esperar a que en alguno de los teatros de la ciudad proyectaran una película y eso no ocurría con mucha frecuencia. Ya no recuerdo muchos pormenores. Un festival de cine japonés gratuito dirigido sobretodo a los niños. De Japón a esa edad nada, salvo los anime que pasaban en la tele. Así que seguramente el festival tenía la intención de acercar esa cultura tan distinta y distante a los niños de otras latitudes.
Ya no recuerdo si las películas fueron buenas o regulares. Olvide incluso los títulos de todas, de todas menos una: Gen el Descalzo.
De esa películas animada recuerdo casi todo, como si la pudiera contar de memoria y no la he vuelto a ver en más de veinte años. No se si la vuelva a ver, talvez la debería volver a ver y hacerla ver a mi hijo, porque todos los niños deberían verla; debería ser obligatorio que la vean en todas las escuelas.
La batalla por la supervivencia de Gen y su familia luego de la tragedia de la bomba atómica sobre Hiroshima es lo más sobrecogedor que he visto en un cine. Cada vez que sus crudas imágenes se prenden en mi retina se vuelve a atorar en mi pecho el dolor, el mismo dolor que sentí esa tarde, un dolor vacío como hueco, un tanto inexplicable y difícil de digerir a esa edad, pero es todo lo que quiero tener para acordarme a cada paso que soy humano,demasiado humano como diría Nietzche. A Gen se le muere la mayor parte de su familia como si la hubieran querido borrar de la faz de la tierra; pero mientras casi todo muere o se marchita en la pantalla, algo nace en las personas que la miran, ese algo que se proyecta hacia este horizonte donde todavía parece que no llega su reflejo. Y es que uno esperaría que después de tanto tiempo hubiese servido para algo el drama de Gen, pero pareciera que no, que Gen sigue sin detener la pérdida, la de él y la de todos. Acaso si fuera algo más que un dibujo animado, seguro se despierta y ha sido un sueño, pero Gen no puede dormir ni soñar, solo nos viene a despertar a golpes y en ese despertar es posible otra cosa, aunque fuere solo el silencio, como el silencio del barco de papel que lleva la luz de la esperanza al final de la película.
Pudo haber pasado tanto y seguramente fueron más las probabilidades de que no la viera, pero por suerte decidí entrar en esa sala sin saber que iba encontrar adentro, ahora que lo sé, volvería a entrar una y otra vez; pero eso no fue ni es posible porque como suele pasar con los buenos libros yo no dí con ella, ella dió conmigo y aunque quiera repetir la sensación ahora, por enésima vez no será igual jamás.
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