Oh capitán. Mi capitán
La sociedad de los poetas muertos es un clásico que está a punto de cumplir treinta años. Es decir casi que se hizo grande conmigo, pero a la par de mí, como en caminos paralelos porque la tengo de muchos momentos de mi infancia en que su anuncio pasaba de largo como pasaban muchos comerciales en la tele o rostros de personajes de la pantalla ahora indescifrables. Su magnitud radica propiamente en esta particularidad de no marcharse aunque quise ignorarla, es más, creció hasta ser como un mueble gigante en medio de la sala que resulta imposible no mirar; las peliculas que te impactan saben en que momento de tu vida llegan.
No entendía que a mi padre le gustara tanto, pero ahora creo entenderlo porque el era docente y la película trata sobre eso, sobre un profesor que intenta romper los esquemas y las tradiciones que han mantenido encerradas las mentes como en una jaula.
Es sobre la educación o el sistema de educación que funciona como un régimen autoritario con reglas obtusas que buscan uniformidad cuando nuestra esencia está en ser venturosamente distintos y que continúa en deuda, sin formar a las personas que habrán de transformar las sociedades. Modelos que apagan en la disciplina las llamas de las mentes que quieren iniciar un fuego. Que al final no se trata solo de actualizar un pénsum o cambiar la rutina modificando solo el orden de los factores, se trata de inculcar algo más que fórmulas, ecuaciones y vocablos rebuscados.
Pero no solo evidencia lo equivocada que resulta nuestra formación; la película es un espejo donde reflejar la vida. La vida en el sacrificio por lo que amamos, la lucha por lo que queremos, por lo que nos apasiona, por la libertad y por la rebeldía, pero no por una rebeldía absurda que busca el caos, sino una rebeldía contra las normas atávicas que no nos corresponden, que no elegimos, que nos quieren someter para hacer de nosotros un estereotipo o un molde de lo justo y necesario. Cuando lo que nos impulsa son nuestras ilusiones o castillos en el aire aunque estos se desbaraten contra el suelo y si eso sucede podamos recolectar los pedazos.
Es sobre el valor de un líder positivo que sabe llegar con su mensaje y sabe abonar sobre tierra fértil. El cape diem que se repite constantemente en los diálogos no resulta un mensaje vacío cuando se contagia como una enfermedad en la que no agoniza el espíritu sino se restituye. Es sobre encausar pero no reprimir la energía transformadora de los jóvenes.
Es un clásico que sigue teniendo vigencia porque nos sigue pareciendo tan cercano a esta realidad de tutores que siguen mirando hacia abajo, de alumnos que siguen sin mirar más arriba del hombro, de catálogo y orden jerárquico, de señalarte para que eres apto. Quizá al mirarla nos toca una fibra muy sensible porque sentimos que a nosotros también se nos diluyeron esos años que nadie supo para que estuvieron o están. Yo creo que merecía una suerte distinta, que el colegio me enseñara a valorar el mundo y a preservarlo. Quisiera como esos jóvenes en la última escena pararme encima del pupitre que es una metáfora del sistema y gritar lo que fuere que salga con mi voz, que hace falta seguir gritando hasta que seamos escuchados.
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