Cuando la realidad toca a la puerta

Hacia el final de Breaking bad, Walter White esta sumergido en su papel, en el papel de malo; ha asumido ser la persona despreciable en que se ha convertido y lo hace con un placer morboso. Se convierte en el mito que la gente del bajo mundo incluso las agencias federales construyeron alrededor de esa figura enigmática. En esos avatares y disputas con su esposa que no acaba de digerir que desconoce a la persona que tiene en frente, es que él exclama aquella frase de "Yo soy el que toca la puerta. Yo soy el peligro".
Bueno más o menos es así, a veces no nos queremos enterar de la realidad hasta que toca nuestra puerta. Y cuando eso pasa queremos hacernos los desentendidos, pensamos que el peligro está llamando.
Nos ha pasado ahora último con la migración masiva de ciudadanos venezolanos hacia el resto de países del continente. No es algo que empezó recién, era una crisis que venía fraguándose desde hace mucho tiempo por lo que era previsible que tocara fondo y la situación se tornara insostenible en su país y mucha más gente empezara a salir. Lo que no esperábamos es que salieran con lo que llevaban puesto, a pie en una procesión nunca antes vista y a pie cruzan de país en país, sobrepasando cualquier previsión, cualquier sistema de acogida y así se agolpan en nuestras puertas que no son mas que nuestras fronteras y cuando nos percatamos ya la situación tiene tintes dramáticos; entonces es como asomarse por la mirilla o por la ventana y no querer abrir la puerta, porque esa realidad nos incomoda y es mejor dejarla fuera de casa. Pero no se puede, si cerramos la puerta, buscarán la ventana, el tragaluz o el patio de atrás y entrarán; porque son 4000 personas que llegan al día y no son espectros que se deshacen solo porque los ignoremos. Ya nos estamos dando cuenta que no pueden ser ignorados, los encontramos en las calles, en las plazas, en los semáforos. Este país de escasas oportunidades no puede ni asistirnos a nosotros sus ciudadanos, peor puede con un flujo anormal de personas. Así que la gran mayoría solo esta de paso y los que no lo están suelen solo disponer de trabajos informales o trabajo en condiciones precarias donde se aprovechan de su vulnerabilidad, hasta en eso somos horribles.
Este tipo de situaciones empieza a sacar lo peor de la conciencia colectiva, salen a la superficie los males enquistados y camuflados. La xenofobia empieza a ser una moneda de cambio. Todavía no encuentro explicación de porque siempre tendemos a culpar de nuestros males al que acaba de llegar, es como el derecho de piso. Que es obvio que hay gente indeseable pero es una minoría, como hay gente indeseable en nuestro país y en todos los demás. Que nuestros problemas no empezaron cuando ellos llegaron, que nuestros problemas son un mal de toda la vida, como nuestros complejos; pero necesitamos señalar a alguien y que mejor si el espanto lo podemos desviar del espejo en que nos miramos, al retrato del nuevo de la cuadra. A fin de cuentas los pecados de odio no reconocen nacionalidad o colores. Ojala en cambio pudiéramos vernos y reconocernos en la desdicha de esta pobre gente, porque la gran mayoría vino con buenas intenciones, buscando un mejor futuro para ellos, que es a la final lo que haríamos la gran mayoría o ya lo hicimos, porque la memoria colectiva es tan frágil que olvidamos que hace unos años, que no son tantos, fuimos nosotros el pueblo migrante que golpeaba a las puertas de otras naciones y entonces recibimos el mismo deprecio y desidia que hoy trasladamos.
Dicen que aumenta la inseguridad, que nos quitan plazas de trabajo, que sus costumbres chocan con las nuestras. No logramos entenderlos, peor ponernos en sus zapatos, solo queremos que sigan su rumbo y olvidarles así como ellos nos olviden. La verdad la tienen doblemente difícil pero van a seguir jugándosela porque seguramente no les queda de otra. Y algunos lo lograrán y otros no porque así nos toco y ya lo vivimos y por eso a nosotros no nos corresponde cerrarles la puerta en la cara con aldaba.
Ojala la situación mejore para ellos y puedan repatriarse, aunque no parece fuese a ocurrir en el corto plazo. Lastimosamente siempre el saldo o la factura de los políticos la paga el pueblo. Ninguna ideología debería estar por encima de las personas, pero este precepto tan simple no hemos podido aprenderlo en veinte siglos, esperemos que no pasen veinte más.
Hay que atender el llamado, no podemos hacer de oídos sordos a los golpes en la puerta. Por más que el miedo nos pueda, por más que pensemos que del otro lado está el peligro. A la vuelta de la esquina y somos nosotros los que llamamos y nos indignaría si solo nos devuelven un silencio.

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