Nunca fui un 90210
Cuando tienes quince años pareces hecho a la medida del mundo. Pero entonces el mundo no es más que tu colegio, tu aula, tu pupitre, las horas de clase y el tiempo que se mide por las veces que suena una sirena que anuncia el cambio de hora. Los sucesos que se dan dentro de esos muros son los que te definen, pero sobretodo tus compañeros.
Ahi donde te formas y te haces lo que habrás de ser para el resto de la vida, tu andas siempre buscando donde encajar, aunque nunca encajes del todo y en esa búsqueda tu inviertes todo tu resto. Ahora visto desde tanta distancia era como para tomárselo mas en serio, pero era imposible porque nada podía ser serio, lo más serio era planificar una salida con los amigos.
Ahora que lo rememoro no se de donde salió aquel código de cinco números, no se a quien se le ocurrió. Pero era una forma de hacerse notar sin duda. Era un numero simplón que hacía referencia a un código postal y a una telenovela americana de jóvenes ricos yéndose en el desmadre. Cuando a la persona se le ocurrió no se si lo hizo pensando en parecerse a los protagonistas de aquel enredo televisivo o solo lo escucho como se escuchan y se graban miles de cosas irrelevantes. El hecho es que era fácil de recordar 90210, más fácil aún porque se reducía a los noventa. Los noventa por aquí, los noventa por allá, los noventa yendo y viniendo, casi siempre en grupo como una manada pero sin líder ocupando toda la acera como yendo en manifestación, pero sin manifestarse. Muchas chicas me señalaron alguna vez sin saber mi nombre, pero decían aquel es un noventa. Pero quienes eran los 90210, una pandilla, una formación, un club al menos. También me doy cuenta que no eran nada de eso, simplemente un grupo de amigos de un mismo colegio que buscaban ser los más bacanes, a fin de cuentas a eso se reducía a ser los más bacanes. Los más bacanes de las fiestas, los más bacanes con las chicas más lindas saliendo con ellos.
Como terminé con ellos, no lo puedo explicar, no hubo iniciación , simplemente un día llegaron con la noticia de que en adelante nos conocerían así. Muchos se fueron sumando con el paso del tiempo. Sí querías ser un noventa, no bastaba tenías que poder ser un noventa, es decir caerle bien a la mayoría y cuando tenías ese pase libre entonces no lo ibas a soltar. Hablamos de una época anterior al boom de la tecnología y las redes sociales, hablamos que tus relaciones sentimentales se reducían a aquellas mujeres que te presentaban tus amigos y a los números de teléfono no móvil sino convencional que podías recolectar, para luego sentarte y dudar mil veces antes de hacer esa llamada y entonces colgar porque contestaron sus padres. Claro que no ibas a soltar esa llave, por más que no encajes, que no entiendas las borracheras sin sentido, el fumar y hacer el golpe solo por no parecer un quedado, el andar en grupo a todas partes aunque no había lugar predeterminado, las bromas pesadas en las que la cargaban contra el más tranquilo y callado y yo era el más tranquilo y callado. Pero yo también quería encajar, ser un bacán más, por más que a veces me sentí sólo entre tantas voces.
Un grupo y su pedantería necesita un alterego, y los noventa tuvieron muchos, enemigos gratuitos que fueron apareciendo por una explicación simple, cuestión de territorio, en una ciudad pequeña casi todos se conocen, los lugares se vuelven comunes, las chicas bonitas están numeradas. Es casi imposible no enfrentarse entre grupos a veces solo porque pertenecían a otro colegio, o porque no te gusto la forma en que te miran, pero la mayoría de las veces se debía a las mujeres. Y entonces luego todo el mundo se enteraba de que estuviste cerrando una bomba y con esa palabra te referías a una circunferencia de personas que rodeaban a otras dos dándose de golpes, pero casi nadie respetaba una bomba y la bomba explotaba y los quiños volaban de un lado a otro a ciegas. Y luego a limpiarse la sangre, seguir tomando trago y alimentar el ego del buen puñete que es fulanito de tal....Sí definitivamente me sentía aun más extraño, nunca lance un solo puñete ni recibí uno por defender a alguien. La única chica que me gusto en serio en esa época se fue con un noventa y así con todo no quise caerle a golpes.
El último año de colegio se fue apurando en todo y yo los fui eludiendo y para cuando llego la graduación eran solo rostros que se cruzaban en el pasillo. La mayoría siguió siendo un noventa, allá donde fueron y siguen siendo noventas cuando se reúnen de vez en cuando como si el colegio no hubiera terminado. Pero las calles de la ciudad ya no le pertenecen a mi generación, cuando voy de visita me siento un extranjero.
Ya pasó todo muchachos, nadie nos recuerda. Ser unos bacanes no alcanzo. Ser un noventa está gastado y yo que ahora siento definitivamente que nunca fui un noventa estoy igual.
Ahi donde te formas y te haces lo que habrás de ser para el resto de la vida, tu andas siempre buscando donde encajar, aunque nunca encajes del todo y en esa búsqueda tu inviertes todo tu resto. Ahora visto desde tanta distancia era como para tomárselo mas en serio, pero era imposible porque nada podía ser serio, lo más serio era planificar una salida con los amigos.
Ahora que lo rememoro no se de donde salió aquel código de cinco números, no se a quien se le ocurrió. Pero era una forma de hacerse notar sin duda. Era un numero simplón que hacía referencia a un código postal y a una telenovela americana de jóvenes ricos yéndose en el desmadre. Cuando a la persona se le ocurrió no se si lo hizo pensando en parecerse a los protagonistas de aquel enredo televisivo o solo lo escucho como se escuchan y se graban miles de cosas irrelevantes. El hecho es que era fácil de recordar 90210, más fácil aún porque se reducía a los noventa. Los noventa por aquí, los noventa por allá, los noventa yendo y viniendo, casi siempre en grupo como una manada pero sin líder ocupando toda la acera como yendo en manifestación, pero sin manifestarse. Muchas chicas me señalaron alguna vez sin saber mi nombre, pero decían aquel es un noventa. Pero quienes eran los 90210, una pandilla, una formación, un club al menos. También me doy cuenta que no eran nada de eso, simplemente un grupo de amigos de un mismo colegio que buscaban ser los más bacanes, a fin de cuentas a eso se reducía a ser los más bacanes. Los más bacanes de las fiestas, los más bacanes con las chicas más lindas saliendo con ellos.
Como terminé con ellos, no lo puedo explicar, no hubo iniciación , simplemente un día llegaron con la noticia de que en adelante nos conocerían así. Muchos se fueron sumando con el paso del tiempo. Sí querías ser un noventa, no bastaba tenías que poder ser un noventa, es decir caerle bien a la mayoría y cuando tenías ese pase libre entonces no lo ibas a soltar. Hablamos de una época anterior al boom de la tecnología y las redes sociales, hablamos que tus relaciones sentimentales se reducían a aquellas mujeres que te presentaban tus amigos y a los números de teléfono no móvil sino convencional que podías recolectar, para luego sentarte y dudar mil veces antes de hacer esa llamada y entonces colgar porque contestaron sus padres. Claro que no ibas a soltar esa llave, por más que no encajes, que no entiendas las borracheras sin sentido, el fumar y hacer el golpe solo por no parecer un quedado, el andar en grupo a todas partes aunque no había lugar predeterminado, las bromas pesadas en las que la cargaban contra el más tranquilo y callado y yo era el más tranquilo y callado. Pero yo también quería encajar, ser un bacán más, por más que a veces me sentí sólo entre tantas voces.
Un grupo y su pedantería necesita un alterego, y los noventa tuvieron muchos, enemigos gratuitos que fueron apareciendo por una explicación simple, cuestión de territorio, en una ciudad pequeña casi todos se conocen, los lugares se vuelven comunes, las chicas bonitas están numeradas. Es casi imposible no enfrentarse entre grupos a veces solo porque pertenecían a otro colegio, o porque no te gusto la forma en que te miran, pero la mayoría de las veces se debía a las mujeres. Y entonces luego todo el mundo se enteraba de que estuviste cerrando una bomba y con esa palabra te referías a una circunferencia de personas que rodeaban a otras dos dándose de golpes, pero casi nadie respetaba una bomba y la bomba explotaba y los quiños volaban de un lado a otro a ciegas. Y luego a limpiarse la sangre, seguir tomando trago y alimentar el ego del buen puñete que es fulanito de tal....Sí definitivamente me sentía aun más extraño, nunca lance un solo puñete ni recibí uno por defender a alguien. La única chica que me gusto en serio en esa época se fue con un noventa y así con todo no quise caerle a golpes.
El último año de colegio se fue apurando en todo y yo los fui eludiendo y para cuando llego la graduación eran solo rostros que se cruzaban en el pasillo. La mayoría siguió siendo un noventa, allá donde fueron y siguen siendo noventas cuando se reúnen de vez en cuando como si el colegio no hubiera terminado. Pero las calles de la ciudad ya no le pertenecen a mi generación, cuando voy de visita me siento un extranjero.
Ya pasó todo muchachos, nadie nos recuerda. Ser unos bacanes no alcanzo. Ser un noventa está gastado y yo que ahora siento definitivamente que nunca fui un noventa estoy igual.
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