Farmacología Básica

Me pregunto si el dolor físico tiene el mismo interruptor que el dolor emocional, y si a veces el uno lleva al otro. Si una píldora nos quita el dolor, cualquiera que fuese y nos introduce en una burbuja donde parecemos inmunes al menos por unas horas. ¿Valdrá la pena volverse un adicto?.
M dice que su dolor de espalda era insoportable, que se le adormecían las piernas, que probo con combinaciones de analgésicos y antinflamatorios inverosímiles, hasta que le dijeron que sus riñones iban a fundirse. Así que debía probar otra cosa.
-Ahora duermo como un bebe- me confiesa aliviado. -Me recetaron unas gotas de Tramadol y pastillas de pregabalina-.
Quien soy yo para contradecirlo, aunque piense que talvez no las vuelva a soltar.
Mientras tanto, en otro capítulo de esta historia, ella, la médico más descomplicada encuentra las cajas vacias de tramal long en la gabeta del auto y se ríe nerviosamente. Seguro piensa que se esta conviertiendo en un problema. Entonces le viene a la mente una tableta de fentanilo sublingual que utilizo alguna vez y piensa: que ricazo!, aunque no lo dice en voz alta. Lo que si le dice a su compañero es como conseguirlo. En su hospital los venden con receta.
-De cuánto- le pregunta inmediatamente él.
-De 200.
Entonces se les dibuja la misma sonrisa algo macabra y hasta se les chorrea la baba alucinando una sensación extraviada.
-¿Y hasta cuantos te venden?.
-No lo sé, deben ser al menos cinco cajas.
-¿Te doy la receta y me las das comprando?.
-Bueno.
Vuelven a mirar lo que estaban haciendo sin deseperarse o acaso lo fingen.
Los escucho y me dan ganas de probarlos nuevamente. Tengo recuerdos del peor dolor de mi vida, un cólico renal que fue calmado con morfina y creo entender a que se refieren. Pero me contengo por el miedo a abrir esa puerta que no sabes cuando puedes cerrar.
Muchos pacientes visitan la sala de emergencia y muchos fingen sentir un dolor insoportable para que se los prescriban, luego se alivian milagrosamente y piden marcharse. No puedes hacer nada, quizá recordarlos para la próxima, y aún así, ¿se los vas a negar?, ¿los vas a someter a un interrogatorio y a denunciarlos?, ¿para qué?, si luego lo niegan todo y tú sales mal parado.
Algunos estupefacientes se encuentran en anaqueles en los hospitales al alcance de la mano, para casos de emergencia. Algunos médicos tienen prohibido sacarlos aunque sea necesario, debido a su historial de consumo. Están fichados y a pesar de ello, al menor descuido lo volverán a hacer. Porque ya no importa, después de cierto margen las apariencias ya no importan.
Sé de casos difíciles, de carreras que se truncaron, de amigos y colegas que terminaron casi muertos. Despertaron en una cama de  UCI conectados a un respirador o a una máquina de diálisis. Luego sólo son un chisme de corredor que se exparse, un secreto a voces del que buscamos desentendernos.
Es que en esta profesión tienes combustible a la mano por todos lados: estrés, carga laboral, reclamos, culpas. Sólo hace falta una chispa pequeña, el detonante de una emoción no digerida. 
Recuerdo un folleto que repartían ciertos místicos algo fanáticos, en los que el paraíso era la promesa del alivio, el viaje a un lugar sin dolor. Será por eso que el limbo de los estupefacientes parece una antesala del paraíso aunque es tan solo el espejismo de una dosis . Cuando termina el efecto, el dolor de toda una década vuelve en tropel hasta los huesos. 
La vida se convierte en un blíster vacio.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Pelotón

Bolaño cercano

Oh capitán. Mi capitán