Barrio centenario


Escribir sobre tu lugar, el que crees es tu lugar. No se si es que todas las personas tienen un lugar, uno que se aferra a la memoria de las pequeñas y cotidianas cosas que siempre provocan aluviones de nostalgia. Yo tengo un lugar de aquellos.
En una revista encontré un artículo que hace referencia a uno de los barrios más tradicionales de la ciudad de Quito que cumple cien años, el barrio de la Floresta. Yo vivía en el barrio de la Floresta. No sé porque usamos el término vivir cuando nos referimos a habitar una casa o el espacio entre cuatro paredes. Pero bueno en el caso de la Floresta se ajusta más que bien, la Floresta vive.
El parque de las tripas (plato típico) recién remodelado (nadie sabe como se llama en realidad aunque todos hayan comido ahí alguna vez). El redondel y la pileta, las calles confluentes, las casas con diseño sesentero y sus paredes rejuvenecidas con color donde buscan refugio artistas y hipsters, las mil y una tiendas donde hay todo; las licorerías donde venden sin hacer preguntas, sobre todo aquella sin nombre con solo un letrero que decía 24 horas encima de la puerta y a la que acudíamos escapando de la residencia estudiantil por los muros y las ventanas, para que la chuma no se termine de tajo y que vendía pasado la media noche aunque sea por una ventanita discreta como si adentro cocinaran meta. Y lo siguió haciendo en los tiempos del toque de queda de esa época; porque el gobierno de turno no soportaba a los auto nombrados "foragidos" que irrumpían en las noches del cacerolazo donde la gente vela en mano desfilaba a ritmo de golpe de olla por las calles de los barrios pidiendo su salida. La Floresta hervía en esos días, la gente se aglomeraba en las escalinatas de la iglesia para escuchar radio la Luna que convocaba a la subversión aunque luego la censuraran. Allá fui a oírlos alguna noche movido por la curiosidad y luego de escuchar por un megáfono un largo discurso de esos saturados de política, pensé que perdían su tiempo y jamás volví. Admito que a los pocos días incrédulo vi a un hombre en la parte de atrás de una motocicleta que rodaba por el medio de la vía vacía gritando con el puño en alto: ¡Ya cayó! y medio escéptico no le creí; pero en efecto había caído, aunque sigo creyendo que poco tuvo que ver los cacerolazos de la Floresta. Esa época casi de antología, la hubiera preservado intacta. Pero los barrios mutan rápidamente en una megalópolis y a pesar de que no parece tanto tiempo la Floresta para mí luce irreconocible; hay edificios donde habían casas antiguas, los pequeños comercios han sido reemplazados con supermercados y farmacias de cadenas trasnacionales; la residencia estudiantil ya no está, donde solía sentarme a comer hoy es un gabinete de belleza (que decepción), incluso la licorería ya cerró. Pero sigue siendo cool o ya no sé, tendría que volver a sentirla en el día a día. De vez en cuando vuelvo a pasar por sus calles y es inevitable la nostalgia; en parte porque vuelvo a sentirme parte de algo, de ese algo que sentía cuando tenía insomnio y me la pasaba riendo con mis compañeros hasta la madrugada y luego despertaba como con resaca y rechazaba la vida que tenía y me preguntaba una y otra vez si estaba en el camino correcto o debía salir huyendo; pero ese algo me daba un respiro, ese segundo aire para no marcharme y quizá por eso le guardo mucho respeto y aún creo en su sustancia. Sí, eso inalterable a pesar de la vorágine urbana y que cada vez escasea más, sobre todo en los confinamientos llamados urbanizaciones extra vigiladas donde la gente ya no vive, se resguarda y el espíritu de barrio se muere sin que nos importe. A la Floresta le esperan otros cien años sin duda.

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